EL ENCUENTRO

 

 

Por ser médico y trabajar permanentemente con los problemas de la gente mi válvula de escape es poder alejarme de todo y estar en la naturaleza, si es posible en soledad.

 Esto me genera una sensación de paz interior y me permite ahondar en lo más profundo de la esencia humana instintiva, esa que todos llevamos dentro, grabada en nuestros genes primogénitos y que por la vida que llevamos en sociedad esta casi perdida.

            Ese verano había decidido hacer una excursión cercana pero lo suficientemente alejada de la civilización. Seguí durante el día el trayecto de un arroyo de aguas claras y limpias, solo el grito de los pájaros y el del torrente golpeando en las rocas llenaban el aire. La temperatura era perfecta, sin viento y sin nubes a la vista que presagiaran algún inesperado cambio de clima decidí no volver y pasar la noche en campamento.

            Era la primera vez que lo haría solo, esto me perturbaba y me emocionaba al mismo tiempo. La zona era tranquila y no había nada que temer salvo mis miedos subconscientes y primitivos. Ya vería cuando llegara la noche como los enfrentaría.

            Armé mi carpa y preparé mis utensilios para la cena y dormir. Busqué ramas secas para hacer un buen fuego y me senté ansioso a esperar la noche. Cuando la oscuridad cayó sobre mí, pude observar las luces de una estancia a pocos kilómetros de distancia. Esto me tranquilizó, pues sabía que si los temores me afloraban durante la noche, tenía un lugar cercano para ir. La luna nueva me permitía ver las estrellas de una manera que nunca antes había visto. Sentado junto al fuego observaba fascinado lo inconmensurable del universo, me sentía tan insignificante bajo su manto, pero, al mismo tiempo una sensación casi mística me unía a él.

Estaba extasiado mirando el cielo cuando el sonido de unos pasos me sobresaltó haciendo que mi corazón se disparara sin control. Alguien se estaba acercando.

Me incorporé instantáneamente en un reflejo defensivo. Pronto, iluminado por la ondulante luz de la fogata una figura humana surgió de la nada. Me tranquilicé al reconocer a un anciano, de barba y cabello largo y gris, que llevaba una bolsa al hombro y vestido con un sucio y viejo saco a cuadros grises. Se acercó saludándome amistosamente.

-¡Buenas, hijo! Hermosa noche.- dijo mientras apoyaba la pesada bolsa junto al fuego no

sin esfuerzo.   – ¡Hola! – contesté aún desorientado ante la inesperada aparición.

            -¿Puedo sentarme un rato con ustedes? Vengo de un largo viaje y debo seguir mucho mas aún- agregó mientras se sentaba sobre una piedra y se sacaba sus andrajosos zapatos.

            -estoy solo- me arriesgué a confesarle al ver que no representaba un peligro aparente.

            -Y ¿Qué estás haciendo por acá solo?- preguntó mirándome extrañado.

            -Amo la naturaleza y además necesitaba estar solo. Necesito estar a solas conmigo.

-¡Ahhh, veo que nos parecemos muchacho! Yo también hace mucho que estoy solo, mejor dicho, creo que siempre he estado solo.-

            Si bien su aspecto era el de un vagabundo, su forma de hablar y de expresarse denotaba una gran cultura. Al mirar sus ojos claros alumbrados por las llamas, observé una mirada profunda y serena. Las arrugas cubrían todo su rostro. El paso del tiempo las había marcado con unos profundos surcos, que a la luz tenue se acentuaban aún más.

Mis temores se desvanecieron y me sentí gratamente acompañado por mi circunstancial amigo.    -¿Quiere tomar una sopa caliente?- le ofrecí amigablemente –Yo me iba a preparar una cuando usted llegó-

Compartimos en silencio una jarra de sopa instantánea, junto al fuego.

-¿de donde viene?- me animé a preguntarle -¿A su edad anda solo de noche?-

-Hijo. ¡Hace tanto tiempo que ando vagando por este mundo! No me creerías si te lo contara. He recorrido tantos caminos. He conocido tanta gente. ¡He escuchado tantas historias!

Pero eso no importa ahora. Cuéntame de ti.-

Su manera de hablar hizo que me sincerara como si fuera alguien muy amigo. Me parecía que nos conocíamos desde siempre. Le conté mis motivos de la salida y que tenía una necesidad interior de redescubrirme ante la vida. Era una necesidad espiritual, casi religiosa.

            -Y… ¿Por qué no has buscado apoyo en tus amigos?-

            -porque la palabra amistad para mí significa algo muy profundo. No comprendo a los que dicen tener muchos amigos. Yo no tengo ninguno.- dije mirando el fuego.

  -¡Eres de los míos! Yo tampoco creo en la amistad fácil, y eso que he conocido infinidad de personas, no me creerías si te contara- volvió a repetir. En mi larga vida, ya he perdido la cuenta del tiempo, he visto y conocido todas las debilidades humanas, he sido protagonista de los hechos más increíbles que tú puedas imaginar. Conocí personas de todo tipo, sus ambigüedades, sus bajezas, sus deseos más sublimes y los más perversos. ¡Ay hijo! Te aseguro que conozco a cada persona como a la palma de mi mano.-

            Se quedó observándome en silencio, con su profunda mirada, como estudiándome.

-¡me caes bien muchacho!- continuó -¿quieres preguntar algo?-

     -No,… es decir, sí. Mientras hablaba me preguntaba como una persona tan sabia como usted anda,… bueno,… así, solo, vagabundeando por el mundo. ¿Desde cuando lo hace?-

-¡Oh!- rió. Te voy a contar una vieja historia, tan vieja como el mismo mundo.-

            Al principio de los tiempos, mucho antes que la primer flor naciera y que el primer animal caminara sobre la Tierra, hubo una gran lucha en los cielos. Se enfrentaron dos grupos de seres, llámale ángeles, para que te sea más fácil comprenderlo. Hablo solo de dos grupos distintos, con dos líderes que defendían sus principios. Verás, que no estoy hablando del Bien y del Mal, del lindo y el feo, ni del sabio y el tonto. Solo de dos formas distintas de pensamiento.

Muy bien, la lucha no tuvo tregua. Ambos lucharon por el dominio absoluto sobre este mundo, y como tú debes saber, hijo, ¡la historia la escriben los que ganan! Siempre ha sido así. Los perdedores no existen. Sus ideas no son consideradas ni respetadas, la opresión y la pobreza son su destino. La propaganda del que gana es siempre despectiva y humillante para el perdedor. Sus cualidades son negadas y combatidas.-

            Su tono se iba acalorando a medida que continuaba su historia. Yo seguía con fascinación su relato. Estaba maravillado. Me miró más calmado y preguntó:

            -¿Crees en Dios?-

            -No.- y agregué –no puedo concebir un Dios con características humanas. Un Dios que premia o castiga si no se hace su voluntad. Soy médico, y por lo tanto estoy acostumbrado a ver algunas cosas que, si realmente hubiera un Dios, no deberían pasar.-

            -¡Bravo muchacho!- me interrumpió emocionado.

-He visto sufrir mucho a la gente, si Dios existiera como tal, no dejaría que esto pasara. No permitiría las grandes diferencias entre los seres humanos. ¡No permitiría que la pobreza y el hambre mataran a tantos niños! ¡No dejaría que sufrieran los inocentes!…   me di cuenta que yo también me estaba encolerizando. – No. Definitivamente no creo en un Dios así.- terminé disminuyendo el tono.

            -¡No me equivoqué contigo! Ahora debo continuar mi viaje, tengo mucho que recorrer todavía y ya está por amanecer.-

            Miré mi reloj confundido. ¡Eran casi las 5 de la mañana! El tiempo había pasado precipitadamente. El fuego, sin los cuidados estaba comenzando a apagarse. Me levanté con la intención de ir a buscar mas leña para reavivarlo.

            -Espera- me dijo –déjame ayudarte con esto- se inclinó hacia las tenues brasas y con un soplido reavivó la hoguera como si estuviera recién encendida.

            Al ver mi cara, sonriendo me dijo –son años haciéndolo.- Levantó su pesada bolsa, la cargó sobre el hombro y antes de partir tomándome del hombro me agradeció la sopa –hace muchos años que no la probaba. No dejes que te convenzan con las falsas propagandas, no siempre las cosas son lo que parecen. Hijo, se fiel a tus principios y haz siempre lo que te dicte el corazón. Eso te mantendrá puro, como la inocencia de un niño. Y recuerda que el Mal solo está dentro de uno, no se nace con él, nos lo enseñan.-

            -Mira- agregó metiendo su mano en la bolsa –voy a dejarte algo que escribí yo mismo sobre el tema- dijo mientras sacaba una antigua tabla de madera. Quedé estupefacto cuando reconocí sobre ella inscripciones cuneiformes. -¡pero esto está escrito en idioma Babilonio!-

– ¡Oh!, perdona, a veces me pierdo con respecto al paso del tiempo, pero creo que por aquí puedo tener algo que te pueda interesar- se excusó mientras revolvía dentro de su enigmática bolsa.

            -¡No puede ser! En algún lado tiene que estar. Bueno, te prometo para la próxima que lo tendrás!- Cargó nuevamente su pesada bolsa, dio media vuelta y sin decir mas nada comenzó a alejarse por donde vino.

            -¡Espere! ¡Señor, espere!- dije sin pensarlo- giró sobre sus pasos al escucharme.

-¡Le agradezco todo lo que me enseño y me hizo ver!…pero ni siquiera le pregunté su nombre.-        

– Ah! Eso no importa. Tengo muchos nombres, algunos ya casi no los recuerdo. ¡Ha pasado tanto tiempo!…. Pero dime solo Amigo.-

  -Yo me llamo Daniel- agregué.

 -Sí, ya lo sé.- dijo sonriendo. –Te prometo que nos volveremos a ver.-

            Se desvaneció en la oscuridad como había llegado. Me quedé sentado junto al fuego pensando en él y en lo que me había contado. ¿Quién era ese hombre? Su sabiduría me impactaba. Cómo podía vivir de esa manera, en la miseria, vagando solo, de aquí para allá. Recordé haber oído muchas historias de personas muy importantes que por alguna razón en determinado momento de la vida, abandonan todo lo que tienen para vivir como linyeras. -¡Eso explica el porqué de sus conocimientos y su inteligencia!- pensé –pero algunas cosas no me cerraban bien, tal vez en esa sucia bolsa llevaba cosas de mucho valor, como esa aparente tabla con escritura cuneiforme, ¡debe ser antiquísima! Quizás sea un filántropo excéntrico que vaga por el mundo en busca de nuevas sensaciones y aventuras. Había sido una noche inolvidable e imprevista.

            Miré el cielo, ya en el horizonte comenzaba a asomar la roja silueta del Sol. Decidí dormir un rato de todos modos. Antes, recogí los jarros que habían quedado al lado de la aún ardiente fogata. Quedé pasmado al observar el jarro en el cual el anciano había tomado la sopa.

Estaba lleno. ¡no podía ser! ¡Yo mismo lo había visto beberla hasta el final! Me agaché e inspeccioné el lugar. En la tierra, alrededor del fogón estaban mis pisadas, pero ni signos de las del anciano. Recorrí toda el área alrededor de mi carpa. No había ninguna señal de otras pisadas en el polvo.

            ¿Qué estaba pasando? ¿Podría haber sido todo un sueño, o fue real? No pude dormir pensando en lo sucedido. Cuando el Sol ya estaba en lo alto, levanté mi campamento y decidí seguir al arroyo hacia donde el anciano había ido. Luego de caminar más de una hora sin ninguna pista, llegue a un recodo del arroyo donde la naturaleza había horadado durante miles de año la roca formando una olla natural de aguas profundas y mansas, rodeada de una pequeña cascadita que la nutría. Me senté a descansar y a admirar el hermoso paisaje. Por un momento olvidé los extraños hechos de la noche. Al mirar alrededor vi algo sobre las rocas un poco más allá. Me acerque y encontré una vieja bolsa de arpillera cubierta de tierra y el saco andrajoso que le había visto al anciano. Estaban deshilachados y parecían haber estado semi enterrados allí desde hacía mucho tiempo. Los desenterré. ¡Estaba seguro que eran los del viejo!… miré nuevamente en rededor buscando una explicación, -quizás él los había dejado ahí para tomar un baño- pensé. Pero no había nadie. – ¿Y si se hubiese ahogado? La olla parecía muy profunda- recordé las luces cercanas que había visto al acampar, estaban cerca de allí, así que salí en busca de ayuda. Unos minutos después divisé a un hombre que arriaba su ganado a caballo. Lo alcancé lo más rápido que pude y le dije que necesitaba ayuda en la olla del arroyo

            -¿Cuál, la que esta ahí nomás?-me preguntó.

            – Sí, justo en la curva del arroyo-contesté

            -¿Usted se refiere a la Cueva del diablo?…, no creo que naides ande por ahí. ¡Esta maldita! Mis abuelos contaban la historia de que en las noches el mesmo Diablo solía salir a buscar almas. Esa, decían es la entrada al infierno. ¿Qué es lo que le pasó allí?

       – Nada, creo que no hay problemas. Perdóneme.-

                        Me alejé lentamente no pudiendo creer lo que había oído. Estaba perturbado.  

  Recordé todo lo que habíamos charlado esa larga noche. Todo cerraba, aunque me costara creerlo. Pero… ¿Había alguna otra explicación?