COMO UN DIOS.

Aprender a curar es una habilidad que rápidamente comenzamos a experimentar en nuestro entrenamiento como Residentes. Lo tomábamos como algo natural. Tratar una neumonía, una diarrea, o estabilizar una crisis hipertensiva eran cosas de todos los días. Solo cuando una situación de emergencia nos surgía inesperadamente y nos obligaba a actuar con premura y a tomar decisiones en segundos era cuando comenzábamos a comprender el potencial que teníamos en nuestras manos.

Jorge dejo el estetoscopio sobre la mesa de la Residencia, cansado de un día de guardia movida. Se quitó los zapatos y se deslizó en la silla hacia atrás hasta poner sus pies sobre la silla contigua.

-La verdad, hoy estoy cansado – se dirigió a Marcos que estaba junto con él de guardia en el Pabellón.

-¡Yo también! No veo la hora de poder acostarme – dijo mientras se tiraba en otra silla y ponía sus pies sobre la mesa para descansarlos.

-¡Espero que esta noche nos sea bastante leve porque no doy más!!! – mientras miraba el reloj pulsera y bostezaba. Las 0:30 marcaban los números digitales.

La noche de verano era calma. Por la ventana de la Residencia el aroma a tilo, de los árboles que rodeaban la zona del Hospital penetraba suavemente. El Pabellón estaba en calma, solo la luz tenue del Office de enfermería se reflejaban en los pasillos. Una noche ideal para poder descansar y tratar de dormir un poco (placer invaluable para un Residente en su día de guardia). Ambos, en silencio dormitaron durante un rato. No se querían acostar todavía porque por experiencia aún era muy temprano como para quedarse tranquilos.

No había pasado una hora cuando la enfermera de Sala los llamó por un catéter que se tapó. Se miraron —para decidir quien bajaría a la Sala.

-¡Te toca ir a vos!- dijo Jorge mirando a Marcos.

– ¡No, anda vos, yo estoy fundido! – contestó.

-Bueno, está bien. Vamos los dos y de paso hacemos la última recorrida por el Pabellón así nos podemos acostar tranquilos – culminó Jorge.

El Pabellón de Clínica Médica constaba de cuatro Salas dos para varones y dos para mujeres, con unas cuarenta camas cada una. Así que había unos ciento veinte pacientes que podían llegar a tener problemas durante las noches.

Ambos cruzaron las Salas en penumbras, únicamente la tos de algún internado o el ronquido de otro alteraba el silencio. Llegaron a la Sala de varones y la enfermera les indicó la cama del paciente a quien se le había tapado el catéter, mientras preparaba el carro de curaciones. En el trayecto a la Sala se cruzaron con un paciente que se dirigía hacia los baños y los saludó. Cambiar el catéter intravenoso les llevó casi veinte minutos. Cuando regresaban para la Residencia Marcos prestó atención a que no había vuelto a ver pasar al paciente que cruzaron hacia los baños. -Tenés razón- dijo Jorge – me había olvidado de él. –

-Vamos a ver que pasó. – Se acercaron a los baños y no escucharon nada, al ingresar vieron frente a la zona de lavatorios al hombre, inconsciente en el piso. Corrieron y al examinarlo no le encontraron pulso. – ¡Está en paro!- atinó a decir Jorge. Sin mediar palabra ambos comenzaron a realizar las maniobras de reanimación cardiorrespiratoria. Jorge se dedicó al masaje cardíaco y Marcos a la respiración boca a boca. Arrodillados en el piso le gritaron a la enfermera para que trajera el carro de emergencias. Trabajaban en equipo, por primera vez después de haber practicado infinidad de veces en la carrera estaban realizando una reanimación real. Llegó la enfermera con el carro de emergencias y preparó la adrenalina que Jorge aplicó en el pecho del paciente luego de asegurase que la aguja estaba dentro de su corazón. No tenían monitores ni desfibrilador en la Sala la cual, estaba a casi una cuadra del Pabellón Central, donde estaban los equipos en la Guardia y Terapia. Tampoco podían mover al paciente por los pasillos en esas condiciones, así que siguieron la reanimación durante unos cinco minutos. El hombre, que hasta ese momento estaba flácido y sin vida, repentinamente comenzó a tener pulso y realizó movimientos respiratorios espontáneos. Jorge y Marcos se enderezaron y miraron el movimiento de su tórax al respirar. – ¡Lo sacamos!- se entusiasmo Marcos.

El paciente abrió los ojos y preguntó quejoso que le había pasado. La enfermera, mientras tanto, se había comunicado al pabellón de Guardia y ya venían por los pasillos subterráneos con el equipo de reanimación. Cuando llegaron ruidosamente a los baños, Jorge y Marcos lo tenían sentado en el piso. El paciente seguía preguntándoles que le había sucedido y se quejaba de un dolor en el medio del tórax, causado por alguna costilla rota durante la reanimación y por la inyección intracardíaca recibida. Lo cargaron en una camilla con el monitor, les explicaron a los médicos de Guardia que había tenido un paro que respondió a la reanimación mientras acompañaban a la camilla hacia el ascensor.

Una vez que cedió el murmullo Marcos y Jorge se miraron al espejo y se notaron transpirados y despeinados. Todavía corría demasiada adrenalina en las venas de los dos. Jorge lo palmeó a Marcos con una sonrisa. Miraron el reloj, era las 2:30 de la mañana. Era hora de poder ir a dormir. Pero esa noche, en la oscuridad de la habitación ambos estaban desvelados pese al cansancio físico, los dos sentían una sensación rara. Por primera vez eran conscientes que habían salvado a una persona. Ni siquiera era un paciente conocido para ellos, pero no importaba, habían vivido lo que tanta veces imaginaron que podían llegar a tener que afrontar. Era una sensación rara. Pero ambos sabían que la vida de una persona estuvo en sus manos y esta vez, ellos, por primera vez, decidieron sobre la vida o la muerte como si fueran Dios…

Eran las 3:30 de la madrugada. La noche era calma, la suave brisa que entraba por la ventana de la Residencia traía el aroma a tilo de los árboles que rodeaban el Gran Hospital. A lo lejos solo se oían los ladridos perdidos de los perros. Era una noche especial para poder dormir, pero ni Jorge, ni Marcos podrían hacerlo esa noche.