EUTANASIA    ¿HASTA DONDE?

eutanasia

En los Hospitales grandes, con Salas de treinta a cuarenta camas en muy frecuente trabajar a “cama caliente”, es decir, ni bien una cama queda vacía, ya sea por Alta, traslado o fallecimiento, en pocos minutos las Asistentes de Administración, se encargan de avisar a la Sala de Guardia, y así se descongestiona la internación en Sala de Emergencia.

Roberto, Residente de primer año, recibió de la enfermera Caba la historia clínica del nuevo ingreso. Mientras se ponía el guardapolvo en el Office, leyó la hoja de ingreso.

    -“Gutiérrez, Roberto.53años. Albañil”. Ingresa por: “Crisis convulsivas focalizadas en brazo derecho y cara. Pérdida de peso importante”. Al ver la tomografía de ingreso Roberto pudo ver la causa de las convulsiones: una imagen redondeada de unos diez centímetros de diámetro en su cerebro, desplazaba y comprimía las estructuras del sistema nervioso. Las características eran las de una metástasis cerebral. Cerró la carpeta y fue al encuentro del paciente.

Se acercó a su cama. Estaba aún dormido, probablemente por el Válium que había recibido endovenoso en la Guardia para frenar las convulsiones. Era calvo, impresionaba muy adelgazado, sus brazos extendidos al costado del cuerpo mostraban un adelgazamiento importante que resaltaban aún más sus venas. Sus manos, mostraban el desgaste de años de trabajo en la construcción y los dedos de tinte amarillento revelaban su hábito de fumador importante. En ese momento Gutiérrez abrió los ojos con esfuerzo y se incorporó en la cama al ver a Roberto a su lado.

    -Hola. Soy el Dr. Nanni. Va a estar a mi cargo durante su internación – dijo Roberto tratando de ser lo mas amable posible. – ¿Como se siente?-

    -No sé. Doctor, no me acuerdo que me pasó. Creo que me desmayé. No sé – repitió – tomándose la mano derecha, – hace un tiempo que se me duerme la mano y en dos oportunidades me tembló – dijo mientras miraba sus dedos y los movía delante de su cara.

    Roberto le explicó lo sucedido en su pérdida de conocimiento y lo examinó. Al revisar su cuello constató que había dos lesiones pétreas, sobre su clavícula. El examen respiratorio mostraba una mala entrada del aire en su pulmón derecho. Roberto escribió la orden para una radiografía de tórax y se la entregó a la enfermera. Veinte minutos después, vio regresar al paciente en silla de ruedas del Servicio de Rayos, la enfermera le entregó a la pasada el sobre con la radiografía. Nanni se sentó frente al visor radiográfico y examinó la placa. Como lo sospechaba ahí estaba la lesión en su pulmón derecho. Era una lesión con grandes posibilidades de ser un tumor, pero eso no fue lo que llamó su atención sino que, al recorrer visualmente la parte ósea comprobó que había múltiples lesiones en las costillas, metástasis óseas que aumentaban mucho la fragilidad ósea.

El Dr. Nanni habló con la mujer de Gutiérrez. Ella esperaba ansiosa junto a uno de sus hijos en el oscuro pasillo fuera de la Sala. Roberto le explicó de la manera más suave que pudo la gravedad del cuadro.

    -Se puede operar. – preguntó con lágrimas en los ojos la Sra. Gutiérrez.

    -No. No tenemos ninguna posibilidad de hacerlo por el estado de diseminación del tumor – respondió. Les explicó la necesidad de darle analgésicos potentes y de mantenerlo sedado. Así, durante varios días, Roberto debió infiltrarle las zonas costales porque con cada acceso de tos el dolor costal era insoportable. La morfina que se le administraba no era suficiente para atenuar el dolor y día a día Gutiérrez se iba consumiendo.

Una tarde en que Roberto estaba de guardia, Gutiérrez lo llamó y mirándolo directamente a los ojos le dijo:

    -Doctor, no es necesario que me siga mintiendo. Se que tengo cáncer. Sé que me estoy muriendo y no se puede hacer nada – dijo con los ojos llenos de lágrimas. -¡Doctor, no puedo más! Ni siquiera puedo respirar sin que me duelan los huesos. Además, ya no puedo ver a mi esposa sufriendo de ese modo, tratando de fingir delante de mí para que no me dé cuenta, – hizo un pausa mirando el piso y prosiguió – Dr. Nanni, quiero que hablemos de hombre a hombre.- hizo una pausa, – Quiero que me dé algo para morir. ¿Le parece que así puedo seguir? – lo interrogó con la mirada – ¡No doy más! Sé lo que tengo. Hace dos noches al ir hasta los baños y pasar por la puerta del Office, aprovechando que la enfermera estaba ocupada con otro paciente tomé mi historia clínica del casillero y la leí en el baño. Con lo poco que sé, muchas cosas no las entendí pero sí que tengo cáncer y está desparramado por mi cuerpo. ¡No me lo niegue Doctor! –

Roberto sintió que la transpiración comenzaba a aflorar en su frente y que un sudor recorría su espalda. Nunca había estado en una situación así. Estaba totalmente desprotegido e incapaz de retrucar el argumento. – Venga Gutiérrez, vamos a charlar al consultorio del final de la Sala. – Ambos recorrieron el pasillo en silencio, ingresaron y se sentaron al escritorio.

    -Doctor, perdóneme por lo que hice, pero he visto a mi padre morir de cáncer y yo sabía que no era una infección pulmonar como ustedes me decían. No puedo ver a mi mujer y mis hijos sufrir de esa manera, ya ve Doctor, hace dos días que no vienen a visitarme porque no hay plata para estar viajando en colectivo hasta aquí. Mis hijos son adolescentes, ellos cuidarán de mi mujer. Yo bajé los brazos. ¿Va a ayudarme Doctor?…..

Roberto había escuchado cada palabra de Gutiérrez en silencio, absorbiendo cada expresión de su cara. No estaba preparado para ese examen. Nunca se había imaginado esa situación. No sabía que decir.

    -No puedo hacer eso – comenzó – no puedo hacer lo que me pide. –

    -Doctor. ¿Qué haría Ud. si estuviera en mi lugar? – interrumpió.

    -Gutiérrez, queremos hacer lo mejor por Usted..-

    -¡Doctor, sabe mejor que yo que ya no tengo salida! ¡No puedo seguir así! – dijo con lágrimas en los ojos. – ¿Usted sabe lo que es estar conciente de que uno está en agonía?

    -Tranquilícese. Déjeme pensar que puedo hacer por Ud. Volvamos a la Sala, le prometo que lo voy a pensar. ¿Quiere hablar con el sacerdote del Hospital? –

    -No Doctor, ya no estoy para creer en esas cosas.-

Volvieron a la Sala en silencio. Esa noche Roberto no pudo dormir. En su creencia más íntima estaba de acuerdo con la eutanasia, pero había sido educado como médico para evitarla. Tenía sentimientos contrapuestos, por un lado retornaban a su cabeza las palabras de Gutiérrez: “¿Ud. sabe lo que es estar conciente de que uno está en agonía? ¿Qué haría Ud. si estuviera en mi lugar? ” Había visto en las Guardias de Emergencias como muchas veces se mantenía a personas conectadas a un respirador, con catéteres invadiendo todas las venas posibles y sondas en todos sus orificios naturales. ¿Eso era mantener la vida?… ¿Servía de algo?… ¿Acaso no prolongaban aún más el sufrimiento de la familia?… pero,… ¿Dónde debía estar el límite?, ¿Alguien podría determinarlo precisamente?… No. Eso no figuraba en ningún libro. Entonces que debía hacer. Había jurado como médico cuidar y proteger la vida de sus pacientes, pero también evitar el dolor y el sufrimiento irreversible. Pero que pasa cuando el paciente atravesó ese límite de lo reparable. Su mente estuvo turbada toda la noche con esas ensoñaciones.

Al volver a la Sala a la mañana siguiente, se sintió tenso al tener que ir a su sector y enfrentarse con Gutiérrez, pero al llegar encontró al paciente con una crisis de tos intensa y con expectoración sanguinolenta. Estaba transpirado y frío, una enfermera mantenía en posición una palangana para que éste expectorara dentro de ella. – Tuvo un vómito con sangre y tiene un dolor agudo en la parrilla costal que no lo deja respirar bien – dijo la enfermera cuando Roberto se acerco a ella. Gutiérrez volvió a toser y en ese momento, estando al lado de la cama Roberto pudo escuchar el crujido seco de una costilla que se quebraba. La cara del paciente acusó el intensísimo dolor y se tomo con las dos manos el costado, dejo caer su cuerpo hacia atrás y apoyando la cabeza en la almohada mirando el techo – ¡Por Dios, no doy más!- Roberto le hizo aplicar otra morfina.

Esa tarde cuando ya había terminado la actividad de la Residencia, se dirigió nuevamente a la Sala. Ya no había otros médicos trabajando en la misma, el silencio únicamente era cortado por el sonido de una radio de alguno de los pacientes y el toser de otros. Se acercó lentamente a la cama y vio a Gutiérrez en la misma posición que lo había dejado, acostado con la vista fija en el techo. Al verlo llegar junto a su cama, giró la cabeza y lo miró a los ojos como suplicándole. Roberto estuvo unos veinte minutos sentado en la Sala de médicos pensando que debía hacer.

Preparó el “cóctel” en el Office, cuando no había ninguna enfermera. Cargó la jeringa y se dirigió a la Sala. Inyectó el contenido en el suero que colgaba en la cabecera, mientras lo hacía no se animó a bajar la vista hacia la cara del paciente, cuando terminó una mano lo tomó del guardapolvo. Gutiérrez lo retuvo y le sonrió en sus ojos parecía haber agradecimiento. Esos segundos parecieron interminables, luego lo soltó y sin decir nada ninguno de los dos Roberto fue hacia una de las altas ventanas de la Sala, que estaba en el primer piso. Se sentó junto a ella. Era invierno pero a pesar del día ventoso el Sol todavía calentaba tibiamente a través del vidrio. Se quedó allí casi una hora y después dejó el Hospital.

A la mañana siguiente comprobó que la cama de Gutiérrez estaba vacía lista para recibir a otro paciente. Se dirigió al Office de enfermería y le preguntó a la enfermera de turno por el paciente. – ¿Gutiérrez? Falleció ayer a la tardecita, se quedó dormido y cuando fui a hacerle la medicación ya estaba muerto. – agregó – el médico de Guardia habló con la familia.

Roberto, sintió alivio, en su interior supo que había hecho lo mejor. No sentía culpa ni cuestionamientos.